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los guardados




si te dejaron por toda herencia el alma
el desliz inocente, la confesión liviana frente al fuego
las intenciones más o menos secretas, que siempre serán buenas
porque son las de ellos y hay que beber, al fin, de su aire en la luz
de lo que dicen y de lo que se callan
si en una plaza de baldosas azules
el alma te dejaron, rezumante de orines y leyendas urbanas
un pañuelo arrugado, una palabra simple en un cuaderno, la arena tenebrosa
perdida entre sus páginas
si al echarse al combate, antes del alba
te guardaron el alma debajo de la piedra
empapada de vida y envuelta en la bandera
de esa tarde de sol que te dolió en los huesos
para tu solo nombre custodiada por siglos
¿adónde fueron cuando al doblar la esquina de aquel árbol final
se perdieron para toda tu noche, para todo tu día
para todos los soles que te quedan?
¿por qué se fueron, si aunque vuelvan no vuelven
si nunca más esa precisa risa
esa precisa gracia de una mano en el viento
el ruido de los vasos y las voces
la mirada pequeña de tu hermano que nunca viajará sobre el poniente
si nunca más el sol de ese preciso día?
miserias de memoria, migajas de un medallón de luz sobre esa frente
y las diez uñas juntas que no pueden hundirse en un hoy para siempre
¿por qué duele lo bello? ¿por qué no muere, en fin
sin tanta repetida desventura?
¿adónde van los días de la dicha, resbalosos y errantes como peces de plata
en la corriente?
cuando cae la sombra su sombra se pasea
en torno de tu casa

Marcia Collazo Ibáñez

Lecciones de Cacería


imagen con plumas
A Claudio, porque sabe.

no albatros ni gaviota ni la melancolía de un carnaval de jueves veneciano
(sino arrebol de raso y lentejuela, viajero largo de una tierra sin nubes, amante de arcoiris y de un color antiguo que brotó de la tierra
eras de algún lugar de gente risa afuera / sonrisa de centella constelación de orión sobre las siete orillas de sal de las ciudades
venías en el carro de guerra de tu nombre / orillando la fama de aquella orlada nube
de terciopelo azul / entrabas por la puerta mayor del escenario
(ataviado de plumas el que soñó con dios
fino espejo de sombra te divide la piel en dos memorias: una para los días de fiesta, de ponerse alegrías o por lo menos un talante de gala, un vestido talar por donde van temblando despedidas / vibración de garganta miel espesa / o el eterno cuplé
de la cuerda rasposa que te ataba a una estrella
otra para el azul voraz de la inocencia, para nombrar apenas el dulzor maternal
(o imaginar a todos tus amigos parados en racimo de júbilo al borde del camino agitando el color de
una razón de siembra que no pidió razones
después vino tu nombre con su traje de plumas / pájaro de un ayer naufragado entre mesas de bar y madrugadas / tinta nudo de chispa levanta la palabra como una mariposa
te regala una historia para que me la cuentes / todos las cosas están aquí de pie
esperando tu paso con los ojos abiertos
(yo solamente te quería pensar

La edad del oro

Aquí se pasea la muerte, a lomos de un sol cansado.
Una américa larga yace como jaguar herido, los ojos achicados
contra la lejanía de un caribe revuelto,
mientras los golpes cortos se suceden, música de ultratumba
para la sed minada de mineros.
¿Saben los ojos de ese jaguar de jade del peligro dorado que le ronda
la entraña? ¿Sabe del duro acecho
que circundaba el hueco de oscuridad candente, allí donde los dedos
desnudaban muñones en pos de las esquirlas?
La garganta segada de su virtud del aire ya no podrá decirlo.
Ha caído el estruendo de la depredación, sacrificio calcáreo de silencioso aullido.
Después vino el estambre de fuego adelgazado, que acariciaba
cuellos de reina de las nieves, por si placeres regios o decapitaciones.
El jaguar miró el sol y sembró su estupor en la dorada estirpe de los hijos
delgados de la piedra, en su dolor dolido de antigua profecía.
Vendrá el dios por el este.
Oropel de algún sueño que se cierra
para que empiece otro.

fiera lunar

así decías mientras contabas olas en la línea de sol del horizonte / decías
y tu dedo era el mundo (tu voz sabor a piedra era la exacta forma de
contestarle al mundo / la desnudez que habita en la pregunta
o en el hambre de una fiera lunar que reclamó tu olor / o tu piel que dolía como una multitud de paraíso
el camino fina niebla de polvo se extendía delante como baile de cuervos disfrazados
tu nombre ya a mi lado viajero sibilante de inocencia rastrera
boca núbil de cierva, corazón de amapola ondeaba su blandura en mi costado
casa blanca en el bosque / puerta de caramelo y debajo el veneno
soberbio azúcar verde que bajó por mi lengua
temblor de terciopelo mueve labios de gato en la penumbra
agita una blancura de piernas enroscadas / cierta hondura de mar que se deshace
o el gemido de parto de la bruja
aquí sobre esta tierra se echó a rodar el dado se movieron los dioses
no sonrieron (solamente tu lengua desliza un estallido de adormecido pétalo
por dentro de mi oído como fiera lunar recién nacida / algo lame el olvido de tu nombre
un guardián al acecho por el camino etrusco de mi vientre me arrebata tu nombre
con su manto a la espalda / con su escolta de lobos y aquel ojo vestal
jadeo en la tormenta para decir adiós
nunca más mensajero de la huella del hombre que todavía respira
allá en la oscuridad / que no sabe quien soy ni por qué debería recordarlo
no de madre la mano que me arrancó del sitio donde él vela mis armas
por dónde vendrá el mar para decir de nuevo la memoria del juego de haber sido
o el rastro de una gota de memoria que devuelva el camino / el camino y tu voz
rescoldo del pasado
como si olor a sol recobrara el prodigio de tu antiguo perfil
tu dedo dibujando una cinta de amarillo fugaz entre los árboles

De flora y fauna.


Mburucuyá

la bruja, dedo sacro, le designó un color como de ausencia -señorita de blanco
desplegando la enagua como tibio tentáculo de cadenciosa lengua, un cierto olor a sueño
sepultado, raíces venenosas de otra tierra-, era de flor y fruto su palabra, morbidez de la aurora
en la raya del monte, caracoleo de estambre, pegajoso ritual de mejillas de niña o
los labios abiertos, peligrosa (aparición de nadie tocada con la piel de todas las memorias y de ninguna madre,
parecida a si misma por lo tanto
(bruja india masticó los sonidos, los meció en la hondonada de la lengua y escupió la palabra como una salamandra: dijo mburucuyá / de esa boca mitad filo de piedra,
cavernosa corambre de acechar en lo oscuro, salió el fruto prohibido / dijo mburucuyá
y ya era nombre
una extensión de sí por el aire aletazo, desfloración de piel los pétalos abiertos, la promesa (para el ritual el padre preparaba las tazas
en el costado de un gran barco de niebla / infusión de las hojas, barro que lo acunaba
le entibiaba las manos, decía su secreto / el barco orilla el monte / bruja lengua de pasto lame el viento

A caballo de un signo


La casa de la vida

mi casa era esta tierra
pero esta no es mi casa
anduve por pasillos inundados de agujas excrementos gasoil y siliconas
golpeaba a cada puerta preguntaba nadie te conocía
en las habitaciones se amontonaban ojos de mujeres y hombres
latiendo se tendían por los hilos de sol detrás de la ventana
y había rastro de edades de una guerra y el gorgoteo pálido
de sudor a caballo entreverado
pasaban procesiones de santos y mendigos verdugos sacerdotes
levantaban tribunas declamaban
-los santos y verdugos eran los más fervientes oradores-
y por la noche el ruido
tu casa entera caía de rodillas hacia el grito asombrado del naufragio
gemía como un búfalo herido en espantado celo se escoraba
mi casa era esta tierra
pero esta no es mi casa

- II -

de pie sobre las horas un ojo de neón entre la multitud
yo velaba tu puerta y esperaba
esperaba el anuncio de las aves marinas sentadas a tu sombra
un estallido de furiosos profetas en marcha por los campos
y el regreso triunfal de tus muertos de olvido a paso de gangrena
anunciando la aurora boreal de tu llegada
pero te demorabas preguntabas
¿quién se atreve a reclamar así por la dueña de casa?

- III -

entonces derribé la última puerta
me arrastré por tus venas hojarasca de vidrio piedras falsas
busqué tu corazón con el sigilo ardiente
de un cazador furtivo
y encontré solamente los olores que encorvaban la espalda entre tus piernas
el miedo empalagoso de farolitos rojos
la urgencia de tus clientes taconeando con sus botas crujientes a la puerta
bien puedes recordar señora tiempos de campanario
por donde convocabas la piel de las semillas
cuando de buena tierra nos parías y nos echabas a ganar el pan
agitando tu adiós desde la puerta rigurosa negrura acrisolada
de planchado y molienda
la vida era una hueste de bestias luminosas
y la sencilla muerte
apenas un temblor
como lavarse el cuello sobre el pozo
alguna madrugada

Los pájaros

los pájaros
posados en las ramas de tu casa de sueños
inmóviles callados como el cuervo de Poe
tu dirás “no les di el gusto de preguntarles nada”
y te reirás después y sin embargo
tras el cascabeleo de esa risa los pájaros regresan
invencibles tribunos desafiantes
y se posan de nuevo tú asomas la cabeza sobre la chimenea
y el cielo es un vestido desgarrado los bordados le cuelgan
se desgranan “mi madre lo bordó”
tu casa era un temblor en el pecho del campo
de pronto te escondiste y escuché los cerrojos de la puerta
adentro resonaban las cucharas prontas para la cena
mientras tus manos alineaban muñecas de cabellos plateados
tacitas para el té
acá afuera la luna llueve sobre las ruinas
¿no vas a preguntar si están ahí los pájaros?

Lugares azules

pero entre los escombros del sueño que soñaba
quedaron implacables cosas muertas
y recordó ese mundo
del que volvía errante
resbalosa la piel de sudor de ojos verdes
y la sangre que roe sin respirar apenas
tres veces fue la madre caminando hacia el sueño
tres veces no me llama por sobre la borrasca
los hijos permanecen con los ojos abiertos
en lugares azules de nombres olvidados
no se turba ninguno no vuelven la mirada
desprendido de espíritus revueltos
el pie tienta y avanza
mientras resbala el mundo en jirones de leche por los dedos
y al traspasar la puerta se perdió en el abismo de otro sueño
¿dónde empieza la orilla
en el mar o en la arena?
alguien habita el bosque que sorprendió al durmiente
escapar hacia el sueño por avenidas blancas
abrir todas las puertas que dan a la tormenta
cerrar el libro con un dedo de plata
pasar frente a un hechizo
cuando apague las lámparas
no contaré jamás cuánto me sueño
ni cuánto me despierto

Memoria de las lámparas

se aparecen de a uno o en multitud vestida de domingo
entran por la ventana con aire de familia y a veces prenden lámparas
por si alguno se olvida de sacudirse el miedo a la memoria
se vienen de visita sin aviso
alguien pone la mesa
y extiende los retratos como cartas de póker
hay que atreverse entonces a mirar
como por sobre la cabeza de aquel muerto
aquí estoy yo, de pie bajo la parra
o de botas de goma al borde del arroyo
y mi hermano está allá
en mitad del camino con el rifle a la espalda y cantimplora
rumbo al Cebollatí
en tardes de tormenta se deslizan tronantes
sobre el techo ruinoso del silencio
irrumpen calcinantes en mitad de la imagen de un abuelo
de overoll entre hortensias
o señalan el pecho de mi abuela
balcón de altas ventanas abiertas a mi nombre
de vez en cuando escapan prófugos tempestuosos
cocean bajo el polvo conspiran
se impacientan
se aparecen de a uno ciertas noches
como antiguos amantes
regresados en gozo a la memoria azul
de los zaguanes

Posdata

hay un bosque sembrado del paso de mis muertos
mis amantes mis hijos
mueven la telaraña de una rama
dicen la huella de una mano de pluma
devuelven un silencio
andan en mapas de hojarasca y corteza
van por el mundo y viven
o no viven algunos
se asoman sobre el tiempo me saludan si quieren
alguien guarda mi foto o un mechón de mi pelo entre sus libros
todos de tarde en tarde me detestan
irrumpen en mi casa ciertas noches echan abajo el sueño y el sonido
en el filo del alba abandonan sus trajes
caracolean sonrisas con ojos como anémonas
se marcha cada uno por su lado
en verano se olvidan de mi nombre

hay un bosque sembrado de voces de mis muertos
mis amantes mis hijos
todos preguntan miran se impacientan
me reclaman un mundo de donde nunca vuelven
la profecía de un signo
una orilla goteante de palabras
la cifra sideral de lo no dicho
mientras ellos aguardan o no aguardan
mientras ellos asaltan los caminos
y cabalgan a lomos de su historia
soberbios peregrinos
en la mitad del pecho me asoma un bordoneo de campanas hundidas
una danza de abejas extraviadas
por lo que no les dije
todavía

Mareas

siete veces soltamos en silencio las redes
siete sueños sedientos recogimos

por encima la mar y el rugido del cielo
por debajo se encrespa la impaciencia del miedo
con sus cabellos verdes
a lomos del silencio

navegar sin memorias cardinales
lanzar al mar la brújula
desnudarse de esta mísera piel
asaltada sin pausa por el salobre signo

Palabras espumosas

al pie del pensamiento se me tiende el umbral
de una casa sangrante de palabras
por la que voy cerrando puertas al incendio del día
todo lo conocido permanece con los ojos abiertos
bajo cuarenta grados de delirio
y el umbral no está aquí ni afuera ni debajo
sin embargo en su centro todo un jardín furioso despereza tentáculos
crepita por los muros
desordena las sílabas y con arisca lengua
explora los contornos de la idea
el umbral no encontrado resbala su sonido con despaciosa sed
bajo las puertas
busca entre los andamios de papeles y tinta
la abolida legión de palabras que bajan por mi lengua
de pronto una saltó desde la tempestad de la garganta
y estalló en alarido calcinado
entonces me lancé contra las puertas
pero ellas escaparon como gacelas blancas hacia el día
desde los siete puntos cardinales caían las murallas de mi cuerpo
un mar vino a saberme con su armada invencible de memoria
y arrojó entre mis piernas palabras retorcidas espumosas de parto
sentencias de ojos muertos
secretos desplegados como dioses desnudos
temblando en el jardín
ebrio de pensamiento
un fruto azul se abrió
para mi oído

El nombre de la vida

tu nombre es una herida punteada de salitre
que llevamos nosotros navegantes desnudos
paganos habitantes del agua y de la piedra
tu nombre es este barco
erizado de torres y ciudades revueltas
por sobre el horizonte de tu cuello tendido
el grito del vigía se desangra en lo alto
y acá abajo te crecen las carcomas del sueño
las leyes de difuntos
el combate de amantes bordoneado de semen y dolorosa arena
este barco es tu nombre y es una lanza hundida
en la tierra tomada de tu vientre
por encima del vasto lecho azul en que nos colocaste
soplas en nuestras bocas con tu furia blanquísima
y corremos y nos abalanzamos hacia mares ocultos
y nos amamos ciegos a puras dentelladas
bajo todas las formas de la miel y la hoguera
por tu preciso nombre nos amamos a muerte en las batallas
las mujeres te alumbran con las piernas abiertas al naufragio
los sacerdotes y las sacerdotisas cantan tus profecías
los pobres te celebran en mesa sin manteles
con cuchara de frío y pan de nieve
nos hemos entregado a tus dedos lascivos
y escalamos tus pechos en busca de la lechosa luz del día
somos obreros de tormentas escultores de tumbas
para encerrar lo negro y echar abajo el muro
pero vamos cayendo de uno en uno al pie de tus almenas
cuando estemos dormidos suéñanos en un sueño
y echa a rodar el ancla hacia la tibia orilla
cuéntanos una historia de poder y de fiesta de escándalo y milagros
en que seamos todos
el más perfecto pan que has amasado

El espejo quebrado

una colmena tomada por luciérnagas, un páramo de asombro y el asombro
derramado en el hielo, ciudad rumbosa de centelleantes ruinas y estoy en
soledad sobre la luz, la cortesana errante, mohosa de espesura, se
contemplaba en mí, enroscando esa pluma de reina de las nieves, aquel
pliegue insolente del cabello, gelatinosa boca, los ojos resbalosos de
lentejuela y lápiz y el pie - cornamenta y marfil, cobarde pez- deslizándose
apenas para quebrar la superficie trémula, caliente vaho de caballos
blancos, en cuyo fondo mi corazón temblaba,
yo el embrujado de toda desnudez en danza de festoneado vientre, para mí
se envolvía en banderas de atardeceres rojos
pero volvieron las agujas de relojes en vela, veleidosas, alguien llamó a la
puerta y un ángel desolado vino a vagar en torno de su lámpara mientras
ella, meneante, se pintaba los labios, furiosa se pintaba
se ahogaban los sonidos en el fondo de cajitas acuáticas, una, dos, siete
veces los relojes rampantes, pero llaman y llaman a la puerta, no te irás a la
sombra mohosa que no sé, que no veo
la sombra te devora, me devora, te suprime y me asalta
y estalló en mi reflejo la ríspida tersura de ese cuello mientras la cabellera
reluciente caía, vidrio guillotinado, untuosa rebeldía, tajo de luz lamiendo
lo granate y dulzón de esa humedad rajada.

Con galia y entre flores

ellas y vos vestidas de ocho años oficiaban historias
y hacían venir leyendas al pie de los naranjos
dibujaban designios en la tierra
y pasaban después en carretilla
empujando por turnos entre gritos
ellas y vos la misma sentada entre las tunas
una mano apoyada en la mejilla y en el pelo pelusas panaderos
flores de sangre y cielo contra el pecho
no te sorprenderías de tan verde recuerdo
si volvieras ahora caminando
¿y si te colocaras en el ángulo blanco de este sol
y si me derramaras la multitud del tiempo de tu ausencia
en mitad de la cara?
así las manos largas de esa sombra de enero
me habrían dejado allí como en un cuadro
"Con Galia y entre flores"
y el pasado detrás
inocente feroz
iba a decirte
a lo mejor espero y te lo digo

Abuela de hojarasca

vas murmurando y deshaciendo cáscaras cortezas celebrando conjuros con
el musgo que en la noche crecía al amparo de los húmedos signos que nombrabas
la punta de tu vestido negro desciende en línea curva hacia este ayer
de salamandra y pan desde el que miro
abuela
en la hojarasca latía la gota de resina envuelta en compasión de anhelo
amante por la araña que tejía en rocío y en tan callado ruido tu palabra
te sentabas debajo de tu reino a contemplar el sorprendido paso de la aurora
tu ojo verde ya vuelto hacia el viento del norte por donde va estallando el
polen la tierra recostada a lo tibio de tu falda el chistido de búho de una
rama al quebrarse
en agosto era el agua plateada de la lluvia
cayendo en tus calderos
los ponías a esperar a la puerta
sedientos vigilantes su redondez rotunda
acaricia de luto la memoria de una tarde extendida en el aire como un
guante
no sonrío
me miro en el espejo del caldero y desde el agua sube la dentellada suave
olorosa a aluminio en la concavidad de los secretos una revelación
era tan niña y sin embargo
yo vi
en cambio tú escuchabas
el mensaje fue siempre para ti
pero de uno en uno
como pájaros negros que se van los años alzan vuelo y me dejan caer
la urgencia de un camino casi una cacería
un rastro de rituales bajo la luna llena
colócame una luz en la ventana
por si la lluvia
por si no me reclaman

A caballo de un signo

alguien me lo contó lo supe de algún modo
y vengo
de palabra en palabra
como de piedra en piedra a deshacer
esta noche la voz entró volando en la oquedad del tiempo y del espacio
y se tendió en la letra como sobre el escudo de un guerrero vencido
a desdecir la línea de la rosa el nombre
la inquietud del silencio que no se sabe rosa
el tiempo es un andamio hacia la noche por donde voces muertas
van trepando hacia el centro de otro signo
la piel de una verdad que se escribe y se borra
galopa hacia las olas y desanda el camino
ley de las doce tablas se desploma rugiendo
escrituras sagradas en rollos de carnero
ciudadelas de letras bibliotecas sitiadas
abandonan su lengua todavía no quieren confesar
y alguien dirá que mienten sin embargo
melodías de cuna canciones de batalla
sin carmelas ni lunes ni cielitos
serenatas al pie de los balcones
desandadas de noches por donde va la luna afilando cuchillos
manuscritos que lloran a escondidas
todo se eleve y salte
cabeza de diamante en avanzada
hacia la línea blanca del círculo polar
de piedra en piedra vengo
de palabra en palabra
a caballo de un signo

Piedra Libre.


Piedra escrita

Bajo la piel de piedra temblaba una escritura.
Levanto las estrías como pétalos, pluma de sangre para no haber sabido.
La escritura no sabe que en esa piedra se derramaba mi azarosa infancia,
el eco negro de su campanario. Ese viento y su voz
desapacible se me caen al pie de lo desnudo. Huyeron ojos ciegos
por el borde. Nadie me explicará las razones sin dedos de la veta de piedra,
su orfandad de prestarme acaso una ventana para decir mi vida,
o toda vida que vino alguna vez a tocar puerto en mi costado
de lanas nocturnales.
Descifro el pliegue blanco de esta corteza dura.
Debajo un palomar crepitaba en su espuma de cáscara de cuarzo,
casi huevo, sudor de nigromante.
Y más abajo se acostaba el mar sobre el sexo erizado del desierto,
desenvolvía voces diminutas, cacareos de un pájaro quebrado.
Exprimida la orilla de la piedra, queda un temblor de letras
sacudiéndose al aire la cabellera antigua, como claror de peces.
Desapacible es la escritura. Región de otro diluvio, de cuando las historias
vaciadas de su centro, sin huella de mi huella,
ojo vacío de callado gemido donde no puedo ser
sin dejar de escribirme.

Rituales

Adentro de las luces, los rituales sagrados del despojo,
vidriería templada para el viaje mesiánico de un gran espejo en fuga.
¿Dónde estaban entonces los deseos?
Acaso martilleaban su grito de orfandades gloriosas para oído de nadie,
para su solo infierno de mecerse pidiendo, tan a oscuras.
Adentro la vorágine de la ciudad de dios preñada de colores y de tiendas,
línea de las trincheras por sed de mercaderes.
Afuera la acechanza de las alcantarillas, el rumor del osario que el gran dedo apartó
de su costado.
Nadie levanta el velo de vidrio acribillado,
nadie mira debajo de la mesa, o sobre los aullidos de la danza frenética.
Cazadores sin dientes vienen por el tesoro y deslizan sus tarjetas magnéticas
en la raíz carnívora de los supermercados. ¿Dónde estaban entonces los deseos?
Afuera templa el tiempo sus buitres de hojarasca. Sólo el idiota insomne
vela desde el pellejo de las puertas cerradas, amontona despojos
de cuando toda guerra.
Parece que la piedra de los menesterosos no se muere de muerte.
Umbría yace, con su lomo de toro mutilado y aquel hedor salvaje
de la noche en un labio.

El hombre de la arena

Ponía arena en los ojos de los niños. Subía desde una cierta ausencia
de terciopelo negro, luto para nodrizas y muertos de la noche.
Sabía de relojes, no de arena, sino de duro péndulo de bronce,
violador fantasmal de sudores insomnes, de los que pierden almas
o estremecen inocencias oscuras.
Para los que no duermen viene el hombre de arena. La luna dejó su gran color en el fondo cerrado
del ropero, y se sentó a esperar temblando entre las sombras.
Por mares incendiados pasa el hombre de arena,
y los muros se callan. Tiene que estar allí la voz de la tormenta,
tiene que estar allí la salvación de padre, la maldición de abuela,
su escoba redentora aventando las briznas de este miedo.
Pido un sonido, pido un solo sonido.
Que venga el agua para horadar la piedra, su címbalo
de siglos, hasta que sangre el agua y amanezca.

El animal prehistórico

Imposible jinete pretende cabalgarlo. La portentosa talla
de ese animal estigma de la veta coral de la arenisca
se desploma de alquimia sobre los visitantes. La lóbrega caverna
tiende apenas un dedo de advertencia.
No más ensoñaciones para el toro de piedra, el venado de piedra,
la abeja milenaria de dulcísima muerte. Una brizna de
sudor inconcluso cae de los silencios
como una estalactita.

Un café travertino

Estábamos en el jardín umbrío de la mesa, entre flores nocturnas
abiertas sobre el mármol, sus grietas amarillas casi cera de niebla.
La taza ardió de luto y el luto sonreía bajo el latido tibio de tu frente,
ya cómplice sudario para envolver la escarcha del azúcar
que voló de tus dedos como una profecía,
lluvia de fuego blanco de cuando la tormenta.
Qué murmuró la tierra para decir el parto de los granos oscuros,
por dónde la semilla de la inocencia negra decidió su bautismo
de agónica molienda.
Qué manos deshojaron las hojas de esa historia para venir a dar
al pie de esta palabra. Olfateo sin pausa
la cáscara lechosa de la taza, y más abajo aún, por donde no me miro,
olfateo el motín de raíces en fuga, el grito de la tierra moteado de canícula.
Hay una urgencia verde que reclama mi lengua desde su propia muerte,
ahora que te escucho saltar desde el abismo (como un ciervo asombrado
desde su lago helado,
sobre la desmesura del mármol travertino/ y venir hacia mí
desandando el sonido de un sorbo de café deslizado en orgía
bajo la viudedad sin par de la garganta.

Las siete cabezas del rey de los ratones

Había una vez una casa de piedra, un palacio danzante,
movediza razón de cristales cautivos, tiesa relojería
por donde se asomaban cortesanos azules,
y los cisnes yacían en su lago de espejos, breve tumba de claridad mecánica.
Usted era la niña que miraba, y era el ojo que más atrás de la niña miraba,
y la peluca de cristal, colocada en su plinto de primoroso ébano,
y usted era el jadeo de codicia, el deseo violeta de los dientes menudos,
y era el susurro de esos pequeños dientes para después del gozo,
para antes de la fiebre, infancia escarlatina, tibio plumón de sangre.
Por debajo la garra que exploraba la seda de los muslos, la corona de plata y el latido. Acuérdese del tiempo
de cuando toda infamia disfrazada de madre, de caudaloso lecho
y aquel olor a lengua azucarada. Cierre los ojos
y desnude el silencio, para cuando el tumulto de feroz inocencia,
de nunca más y siempre,
de perversa tersura almidonada.

La ola

pero está todavía
temblando en el oído/ el incierto sonido de la ola
del eterno retorno (y no será posible callar la lengua antigua/
la que cae en el ruedo de un silencio espantado/ acaso adormecido
si se desploma el tiempo sobre el lento regreso de la ola
si están todas las cosas esperando de pie bajo el dintel del día
con un furor de redes caracoleando el pulso de aquel clarín de guerra
de aquel tambor de guerra que tocaba a rebato/ para la arena
para los leones
si hay que salir lo mismo/ a pesar del estruendo de piedra de los dientes/
porque retorna el tiempo sobre esa negra ola/
la cuestión es entonces dejar de sentir miedo
meter el miedo como una bala negra en el ojo infinito de este fusil de tiempo/
dispararle el aullido/ como para romperle los huesos a la muerte.